Brasil 2014: Un Mundial envuelto en llamas

7-1, el resultado histórico que Alemania logró contra Brasil en las semifinales.

Foto: EFE – MARCUS BRANDT

“En Brasilia, (…) la presidenta Dilma Rouseff tuvo que salir, por estas manifestaciones, fuertemente custodiada”, reportó Ignacio Jubilla en directo, para la cadena internacional RT, mientras el Palacio Presidencial do Planalto se mostraba resguardado por cientos de militares brasileños. El 21 de junio de 2013, Brasil ardía desde dentro, incendiado por una multitudinaria protesta social que alcanzó 50 ciudades y que fue respaldada por más de dos millones de habitantes.

El mensaje del pueblo era claro: basta de corrupción y desigualdad. Mientras uno de cada cuatro brasileños sobrevivía en la pobreza, el Gobierno de Brasil se gastaba 10.600 millones de dólares en la organización de la Copa Confederaciones de 2013 y el Mundial de Fútbol de 2014. El fútbol no tenía la culpa, pero el gobierno sí. Además, la educación gratuita era una ilusión pedida a gritos por los manifestantes. Por otro lado, el tema de la corrupción rayaba con la impotencia: en Brasil nadie sabía en qué manos terminaba el dinero público. En aquel momento, la policía estaba por destapar uno de los casos de corrupción más grande de la historia de América Latina: el caso Petrobras. Se trataba de una red de sobornos en la compañía petrolera Petrobras, la mayor empresa de Brasil, que desvió 2.400 millones de euros a bolsillos corruptos. Casi todo el Parlamento de Brasil salió manchado, además de los expresidentes Dilma Rouseff y Luiz Inácio Lula da Silva. El expediente, después, destaparía otra olla aún más podrida: el caso Odebrecht, que salpicó a gobiernos enteros en América Latina.

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Durante las semanas que duraron las manifestaciones, en Brasil se estaba disputando la Copa Confederaciones de 2013. El país anfitrión se colgó el oro gracias a un Neymar Jr. imparable, lo cual supuso el favoritismo de la verdeamarela para el Mundial de 2014. Mientras los periodistas deportivos del mundo analizaban los mejores goles y jugadas, los reporteros de las noticias internacionales enviaban imágenes de autos quemados y volteados en las vías principales. Los planos generales ofrecían océanos de manifestantes que taponaban calles enteras como si se tratase de un tsunami, mientras sostenían sobre sus manos carteles rayados con aerosol. “Não quero copa, quero saúde e educação –no quiero la Copa, quiero salud y educación–”, rezaban la mayoría. Otros salían de noche para saquear cajeros y tiendas de barrio, mientras tapaban su rostro con camisetas negras. Los más caricaturescos marcharon con máscaras de ‘V de Vendetta’, anunciando que su venganza contra el Gobierno sería sabotear el Mundial de 2014.

La ola de protestas, que habían iniciado el 6 de junio, cuestionaba un impuesto de 0,20 reales en el transporte público, cuyo objetivo sería financiar Brasil 2014 con los bolsillos remendados del ciudadano de a pie. El pueblo brasileño se cansó, vivía tan mal que prefirió rechazar el Mundial aun cuando allí se desayuna, se almuerza y se cena fútbol. No es una exageración: en total existen 82 estadios de balompié, donde se disfruta el show de artistas fenomenales del deporte rey –de esos que te golean 4-0 y te tiran caños, sombreritos y te duermen el balón con la cabeza. Y andan sonriendo porque el fútbol es alegre, o no es–. Estamos hablando de la mejor y más exquisita cantera de jugadores profesionales del mundo: actualmente, hay más de 1.300 brasileños dando catedra de fútbol alrededor del planeta.

Luego de 10 muertos, 250 heridos, 651 detenidos, miles balas de gomas y cientos de granadas de gas lacrimógeno, la presidenta Dilma Rouseff propuso un plebiscito que atendiese las voces de protesta brasileñas. “Este primer pacto gira en torno a la construcción de una amplia y profunda reforma política destinada a ampliar la participación popular y los horizontes de la ciudadanía”, dijo Rousseff el 24 de junio, recitando una perorata que solo logró calmar las agitadas protestas mientras pasaba la Copa Confederaciones. Cuando se fue la prensa internacional, que reportó a Neymar J.R. vistiéndose de Pelé, los brasileños siguieron marchando y destruyendo, pero esta vez tenían la falsa promesa de que todo iba a estar mejor.

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El tiempo pasó, los estadios se reconstruyeron y los brasileños, mientras tanto, siguieron aguantando hambre y endeudándose para acceder a educación de calidad. Un año después, llegó la hora de celebrar el Mundial de Brasil 2014. El país sudamericano siempre fue la única opción para la FIFA, a pesar de los tímidos esfuerzos de Colombia, que se retiró de la puja en menos de nada. No se explica con qué cara Colombia se postuló después de la vergüenza de 1986.

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La inauguración del Mundial de Brasil 2014 estuvo llena de colores. Obvio, Brasil lleva implícita la alegría en su nombre y en su gente. Cientos de artistas danzaron dentro del campo del Arena Corithians de Sao Paulo, evocando la biodiversidad del país latinoamericano. Luego de esto, fue el turno de los trajes típicos, y de una de las típicas formas de dañar un espectáculo: hacer playback. De una esfera gigante puesta en la mitad del campo, Pitbull, Jennifer Lopez y Claudia Leitte salieron para mover sus labios mientras la canción oficial ‘We Are One’ musicalizaba el ambiente. Espectadores en redes sociales extrañaron a Shakira, que ya se había enamorado del espigado Gerard Piqué, campeón del mundo con España en Sudáfrica 2010.

La cara amable de Brasil hizo que todos se rindieran a sus pies. ¿Cómo no hacerlo? Un sol que irradiaba todo el día, atardeceres en playas paradisiacas y fútbol alegre en estadios y pantallas. Fue una combinación muy linda dentro de los límites del campo. Empero, la realidad era distinta. El día de la inauguración, el noticiero 24 horas de Chile captó un testimonio difícil de digerir a las afueras del Arena Corinthians. Una mujer buscaba a su hija perdida: “Ella es así, morena bonita –dijo deslizando las manos por su rostro–. Se prostituye, fuma crack, se acuesta con paranoicos, con enfermos de sida. Quince años y se terminó la vida de mi hija”. Su caso no era una excepción, durante el Mundial de Brasil 2014 alrededor de 250 mil niños y adolescentes ejercieron la prostitución, según datos de UNICEF. Otros, arriesgándose a el linchamiento, eran captados por cámaras de noticieros robando billeteras y celulares a turistas desprevenidos.

Más vale defender el título

La selección de España llegó a Brasil 2014 portando la pesada insignia de campeón defensor. A pesar de la gran responsabilidad, el entorno español previo al Mundial era bueno. Sobrevivió casi toda la columna vertebral que se coronó en Sudáfrica, la cual se sabía de memoria aquel juego de posesión tan desesperante para sus rivales. Además, las casas de apuestas apuntaban a su favoritismo gracias a una estadística increíble: el plantel ibérico tenía un costo de 920 millones de dólares, siendo el equipo más caro del Mundial. El valor de mercado de los españoles era tan alto que, inclusive, superaba toda la riqueza producida en ese año por Gambia, un pequeño país del occidente de África.

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El Mundial de Brasil 2014 fue así. Todo parecía estar relacionado con cuentas de cobro, con muchos ceros tras el primer dígito: el jugador más caro… la transferencia más alta… los mejores sueldos… los premios más jugosos, en fin. Por su parte, la FIFA debió captar un buen botín tras vender los derechos de transmisión a 151 países en el mundo. Y por si esto fuese poco, el organismo anunció la posesión de “1.432 millones de dólares en reservas”, que podrían ser gastadas en caso de ser necesario, según el portal inglés Goal.com. Tan pesado fue el mercado en Brasil 2014, que el mismo Gobierno Brasileño cambió sus leyes para agradar a la FIFA. Dos años antes del inicio del Mundial, el Congreso de Brasil legalizó el consumo de bebidas alcohólicas en los estadios, todo porque Budweiser –patrocinador del Mundial– quería ver a los fanáticos bien intoxicados con sus cervezas. Al hecho se le llamó la ‘Ley Budweiser’.

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Aunque la Ley Budweiser estaba destinada para los aficionados, quienes terminaron mareados y tambaleando fueron los mismos jugadores de la selección de España. El plantel ibérico se embriagó con el elixir engañoso del favoritismo. ¿Quién lo hubiese presagiado? Aquella camada de futbolistas, que valía su propio peso en oro, fue el segundo equipo en salir eliminado de Brasil 2014 –solo por detrás de Camerún, que también perdió los dos primeros partidos de la fase de grupos–. En el partido debut, Países Bajos cobró venganza de la final de Sudáfrica 2010, goleando 5-1 a los dirigidos por Vicente del Bosque. Aquella vez, Robin Van Persie marcó un golazo de palomita que casi gana el premio al mejor gol del Mundial. En el segundo partido, España sacó tiquete a casa tras ser derrotado 2-0 por Chile. Y así, esas piernas que parecían estar bañadas en oro, terminaron pelando el cobre en Brasil.

El debut del balcánico

De las 32 selecciones nacionales que se clasificaron a Brasil 2014, tan solo una de ellas debutó en Mundiales de Fútbol: Bosnia-Herzegovina. El equipo balcánico llegó a Sudamérica con un uniforme azul con rayas blancas, tras liderar el Grupo G de las eliminatorias europeas. Aunque sería su primera experiencia en competencias internacionales, el plantel sostenía un equilibrio importante gracias a su goleador Edin Džeko y a El Dibujante Miralem Pjanić –que, entre otras habilidades, colocaba la pelota donde quería.

Bosnia-Herzegovina fue, en Brasil 2014, una de las últimas ramas de la extinta Yugoslavia en clasificarse a un Mundial. Pero, el caso de este país es distinto. De ese gran árbol que el Mariscal Tito plantó en el oriente europeo, las flores de Bosnia-Herzegovina terminaron siendo radicalmente distintas. La inminente guerra entre sus grupos étnicos llevó a situaciones lamentables como el ‘Sitio de Sarajevo’. De hecho, Miralem Pjanić es víctima de esta ‘Guerra de Bosnia’, pues sus padres tuvieron que exiliarse en Luxemburgo durante el asedio. Allí, Pjanić dio sus primeros pasos en el deporte, alcanzando a jugar en el equipo sub- 19 del pequeño país.

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En aquel momento, la Guerra de Bosnia estaba siendo tan macabra que la OTAN tuvo que intervenir, o los bosnio-musulmanes iban a desaparecer exterminados por el nacionalismo serbio. Tras la mediación militar de la OTAN, el presidente estadounidense Bill Clinton apoyó la firma de unos arreglos entre las partes: Los Acuerdos de Dayton de 1995. El resultado tuvo dos caras. Si bien se logró la paz en lo que hoy se conoce como Bosnia-Herzegovina, el territorio terminó pareciéndose más bien a una colcha de retazos. La republica actual está dividida en tres etnias: serbios, bosnio-musulmanes y bosnio-croatas.

En Bosnia-Herzegovina, los serbios tienen su propia federación llamada Srpska, donde “es más fácil encontrar carne de cerdo y los aficionados al fútbol son seguidores sobre todo de los Partizán de Belgrado, cuyos partidos disfrutan bebiendo cerveza importada de Serbia en vez de cualquier otra marca bosnia”, según el analista Blas Moreno, del medio español El Orden Mundial. Por otro lado, bosnio-musulmanes y bosnio-croatas viven en la otra federación, pero separados en diez cantones para evitar conflictos entre ellos. Están separados porque, en 1991, los bosnio-croatas quisieron alzar la República Croata de Herzeg-Bosnia – que nunca fue reconocida internacionalmente–. Es un dolor de cabeza.

Estas confrontaciones en Bosnia-Herzegovina, durante la década del 90, se reflejaron en el plantel que representó al país balcánico en Brasil 2014. De los 23 futbolistas, al menos cuatro vivieron historias de guerra confirmadas. Sead Kolašinac y Zvjezdan Misimović nacieron en Alemania, debido a que sus padres bosnios huyeron durante el conflicto armado. Luego está Miralem Pjanić, que se crio en Luxemburgo y retornó a su país para llevarlo al Mundial. Y, por último, Edin Džeko, que estuvo a pocos minutos de ser víctima de un bombardeo, cuando practicaba fútbol en su ciudad natal Sarajevo.

Ahora bien, retomando Brasil 2014, el debut de Bosnia-Herzegovina no pudo ser peor. En el primer partido, jugado en el mítico Maracaná, Kolašinac abrió el marcador con un autogol de camerino, cuando los rivales argentinos apenas y se habían ajustado los botines. Luego, Lionel Messi sentenció el marcador al 64′, gracias a un zurdazo que fue a dar a la mano derecha del portero bosnio. Al final, en el 84′, Ibišević descontó para el equipo debutante, pero esto de nada sirvió en el resultado final. En el segundo partido, Bosnia-Herzegovina salió eliminada a pies de los nigerianos, quienes cerraron el encuentro con un gol solitario al 29′. En el último partido, los comandados por Edin Džeko cerraron su participación goleando 3-1 a Irán. Y así, Bosnia-Herzegovina participó en su primer y único Mundial en la historia hasta ahora.

Colombia, On Fire

El panorama de Colombia antes del Mundial de Brasil 2014 fue opuesto a lo vivido por la generación dorada del ‘90′. A diferencia de los planteles que se prepararon para Italia 1990 y Estados Unidos 1994, no hubo un ambiente triunfalista antes de la competencia. Al contrario, el buque insignia de la armada colombiana fue derribado por un pequeño bote francés, faltando medio año para el inicio del Mundial. El 22 de enero de 2014, Radamel Falcao García cayó lesionado en un partido sin trascendencia de la Copa de Francia, tras recibir una entrada del futbolista semiprofesional Soner Ertek –que, aparte, era profesor de geografía de escuela primaria–. “Ese es un día negro en mi carrera. Fue difícil porque cambió muchas cosas, incluyendo el hecho de perderme el Mundial con mi país seis meses más tarde”, confesó el Tigre de Santa Marta en 2016, en una entrevista con el diario español AS. En aquel entonces Falcao jugaba para el AS Mónaco de Francia.

El director técnico José Néstor Pékerman canjeó el puesto de Falcao por el de Teófilo Gutiérrez, y partió rumbo a Brasil con 23 convocados. La selección de Colombia regresaba después de 16 años de ausencia, y se llevó consigo toda una mareada de aficionados: más de 55 mil, según las cifras del Instituto Brasileño de Turismo. Los futbolistas andinos respondieron al esfuerzo de sus fanáticos con un triunfo categórico en su debut. El 14 de junio, en el Estadio Mineirão de Belo Horizonte, Colombia derrotó a Grecia 3-0, con goles de Pablo Armero, Teófilo Gutiérrez y el mago James Rodríguez, que fue seleccionado como mejor jugador del partido. Los andinos empezaron con pie derecho y se treparon al liderato del Grupo C.

Cuando Colombia recién despertaba el interés de los espectadores del Mundial, llegó la segunda peripecia de su selección de fútbol. El 18 de junio de 2014, la neerlandesa Nicolette Van Dam, quien era actriz en su país y embajadora de Unicef a la vez, trinó en Twitter un montaje indignante. Se trataba de Radamel Falcao y James Rodríguez aspirando el aerosol arbitral –con el cual se delimita la distancia de la barrera–, acostados en el suelo como si se estuviesen drogando con cocaína. El título de la imagen rezaba: ‘La barrera colombiana’.

Al día siguiente, la exembajadora de Unicef salió derrotada tras un duro ‘contragolpe’ de los colombianos vía Twitter. “Ante los amplios efectos negativos tanto en redes sociales, como en los medios tradicionales, con gran dolor y pesar he decidido renunciar inmediatamente a ser embajadora de Unicef en Holanda”, escribió. Luego de eso, y aún más reconfortante para los colombianos, en el Estadio Mané Garrincha de Brasilia, la selección de Colombia venció 2-1 a Costa de Marfil y se clasificó a los octavos de final del Mundial. Los goles colombianos fueron marcados por Juan F. Quintero, y un James Rodríguez que, a pesar de lo que pensaba Nicolette Van Dam, solo aspiraba a dejar en alto el nombre de su país.

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En el partido final del Grupo C, Colombia se enfrentó a la débil selección de Japón. El entrenador Pékerman decidió confrontar a los asiáticos con la nómina suplente, la cual aprovechó sus minutos goleando 4-1 a los nipones. Uno de los goles colombianos fue marcado por James Rodríguez, gracias a una jugada ‘maradoniana’ al 90′. Tras su gol, James puso su mano derecha en una de sus orejas, como pidiéndole a la horda de colombianos que gritasen más y más. Luego, el zurdo bailó salsa ‘choke’ con el lateral Pablo Armero, como si se tratase de un partido de barrio y no un Mundial de Fútbol. Colombia se vestía de candidato.

El partido por los octavos de final significaba todo para la selección de Colombia. De ganar, sería la mejor presentación cafetera en un Mundial. El rival fue el bicampeón Uruguay. Y entonces, como en todo Brasil 2014, apareció el jugador diferente: James Rodríguez. Primero, al 28′, el cucuteño durmió la pelota con su pecho y, sin dejarla caer, se giró para rematar de pierna izquierda un bombazo imposible de atajar. El balón pegó en el travesaño, tras ser arañado tenuemente por el portero charrúa Muslera. El mejor gol del Mundial. Luego, al 50′, el mismo James cerró el partido con un disparo de pierna derecha, tras un pase de cabeza de Juan Guillermo Cuadrado.

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Si bien Colombia estaba haciendo historia en Brasil 2014, no todo el crédito iba para su selección de fútbol. El técnico santandereano Jorge Luis Pinto, que estaba a cargo de Costa Rica, estaba desafiando todas las casas de apuestas con su trabajo. El entrenador de corbata y manoteos había logrado que los ticos alcanzasen los cuartos de final del Mundial. Era una locura. Tan bueno estaba siendo el torneo de Costa Rica, que la FIFA ordenó practicarle siete controles antidoping a sus futbolistas, cuando la normalidad indica dos pruebas nada más. El hecho sucedió tras el triunfo costarricense a la poderosa selección de Italia, que eliminó a los tetracampeones de la copa. Adrián Gutiérrez, presidente de la comisión tica, criticó las maniobras sospechosas del máximo ente del fútbol. “Estamos pidiendo una explicación, probablemente no respondan nada porque FIFA es absoluta, sabemos que hay un reglamento y que toman las decisiones como quieren”, dijo en rueda de prensa, registrada por el diario peruano El Comercio. Al final, en los cuartos de final, la sorprendente Costa Rica quedó eliminada por penales con Países Bajos.

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El reto máximo de la selección colombiana se dio el 14 de junio, en el Estadio Castelão de Fortaleza, por los cuartos de final del Mundial de Brasil 2014. Por primera vez en toda la competencia, la mancha amarilla del estadio no era colombiana, pues el rival era la mismísima selección de Brasil. Los locales llenaron su cancha e intimidaron a los jugadores colombianos, quienes se dejaron sorprender por un gol de cabeza de Thiago Silva al 7′. Luego de eso, los dirigidos por Pékerman buscaron el gol del empate, conducidos por un James Rodríguez en un nivel excelso. Los brasileños, a diferencia de lo que mandan sus cánones, golpearon al zurdo colombiano hasta disminuirlo. Al 66′, tras un cobro de tiro libre de James, Colombia estuvo a una decisión de empatar el partido con un gol de Yepes, sin embargo, el juez español Carlos Velasco invalidó la anotación por fuera de juego.

Un minuto después del tanto invalidado, el brasileño David Luiz clavó al ángulo un disparo de tiro libre, logrando el 2-0 a favor de los locales. A diez minutos del final, James Rodríguez consiguió el descuento colombiano a través del punto penal, lo cual significó su sexto gol en el Mundial. Aun así, con el tiempo en su contra, Colombia apenas pudo acercarse al arco brasileño y cayó eliminado en cuartos de final. Cuando el juez central sancionó el final del partido, James Rodríguez estalló en llanto y fue abrazado por jugadores colombianos y brasileños por igual.

El desempeño de James Rodríguez quedó para la historia. Tras la anotación contra Brasil, el volante sacó la ventaja definitiva para llevarse la Bota de Oro de Brasil 2014 –premio al goleador–, por encima de Thomas Müller que marcó cinco goles para Alemania. La prestación del zurdo fue tan buena, que el mismísimo Real Madrid de España pagó 80 millones de euros por su pase, y así se convirtió en el jugador más costoso de la historia de Colombia. Gracias a la magia que destiló, se les abrió el mercado a los jugadores colombianos en el mundo. La demanda por el ‘pie’ de obra cafetero creció a niveles impresionantes gracias a él; de hecho, Colombia alcanzó el tercer lugar como mayor exportador de jugadores, según datos del Observatorio de Fútbol ‘CIES’.

El daño colateral de Alemania

Después de eliminar a Colombia en cuartos de final, la selección de Brasil tuvo que enfrentarse a un combinado solido en todas sus líneas, y con un poderío ofensivo envidiable: Alemania. Los germanos, de camiseta blanca con líneas rojas, tenían todo bajo su control desde el principio. Así lo demuestra la construcción de ‘Campo Bahía’, un centro deportivo financiado por la misma Federación Alemana de Fútbol, con el objetivo de concentrar sus futbolistas un mes antes de la copa. Desde entonces, Alemania disfrutó el regocijo de la victoria en tierra latinoamericana: lideró el Grupo G con siete puntos, en el cual goleó a la Portugal de Cristiano Ronaldo por 4-0. Luego, en octavos de final, Alemania eliminó a la selección de Argelia, y en cuartos de final a la selección de Francia. Pero, el duelo de semifinales, contra Brasil, fue un partido inolvidable en la historia de los Mundiales.

Por un lado, Brasil llegó sin su estrella Neymar Jr., que salió lesionado por un golpe del lateral colombiano Camilo Zúñiga. Los alemanes, por su parte, tenían todos sus jugadores a disposición. Thomas Müller abrió el marcador al 11′, aprovechando un tiro de esquina. Luego ese gol, las anotaciones alemanas cayeron como ráfagas de fusil —disparos a gol—: Miroslav Klose al 22′, Toni Kroos al 24′ y 25′, Sami Khedira al 29′, y André Schürrle al 69′ y 79′. Los locales lloraban, se abrazaban a sus banderas como tratando de escapar de la realidad. Al final, en el último minuto del partido, el brasileño Oscar anotó el gol de la honra y el juez Marvin Torrentera sancionó el final del encuentro. Brasil 1 – 7 Alemania. “Fui a David Luiz y le dije que realmente lo sentía y que tenían un gran país con gente encantadora”, confesó el alemán Mesut Özil, según el diario español AS.

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Si bien hubo un mar de lágrimas dentro del Estadio Mineirão, el duelo brasileño no se quedó allí. En São Paulo, hinchas furibundos quemaron dos buses y saquearon tiendas locales. En Recife, la policía contuvo oleadas de manifestantes con gases lacrimógenos. En Rio de Janeiro, el saldo fue de siete personas capturadas por enfrentamientos con la fuerza pública. En Belo Horizonte, lugar del partido, los brasileños se desquitaron entre ellos mismos, organizando peleas callejeras. En Curitiba, 20 buses fueron apedreados y otro más ardió en llamas hasta quedar calcinado. Y en otras ciudades, la bandera de Brasil fue incinerada. El país colapsó de nuevo.

Luego de la anarquía, se disputó la gran final en el Estadio Maracaná de Rio de Janeiro, el 13 de julio de 2014. Dos viejos conocidos: Alemania y Argentina. Desde luego, el equipo alemán intimidaba con solo pararse en cancha –sumado a la victoria humillante sobre Brasil–, pero Argentina contaba con buena parte del público y un Lionel Messi en un nivel sobresaliente. El encuentro fue equilibrado a pesar de las expectativas, con situaciones de peligro constantes y un gol bien anulado al argentino Higuaín al 29′.

La final se extendió a tiempos suplementarios, y tenía toda la pinta de llegar hasta los penales. Sin embargo, en una jugada por el costado izquierdo, el alemán Mario Götze remató de volea un centro de André Schürrle, y cerró la gran final a favor de los teutones. Argentina apenas reaccionó, pero no logró el empate. Alemania tetracampeona. Y esa victoria tuvo un tinte muy especial, que desbalanceó la historia del fútbol mundial: fue la primera vez que un seleccionado europeo conquistó América. Los latinos campeones –Brasil, Uruguay y Argentina–, que habían hecho de su continente una fortaleza, cayeron a los pies de una Alemania que tenía fuego sagrado en su interior.

*Capítulo del libro Disparos a gol

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Brasil 2014: Un Mundial envuelto en llamas